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HISTORIA

REDUCCION DE VILELAS-PETACAS

1735. Se establece en el territorio de la Pcia. de Santiago del Estero. El fundador de la misma es el P. Joseph Theodoro Bravo.

1748. Muere el P. J. T. Bravo; le sucede el P. Clemente Xerez y Calderón. El Rey decide asignar ayuda económica a la reducción.

1751. Se hace cargo de la Reducción el jesuita santiagueño P. Martín Bravo. Reedificada con el nombre de SAN JOSEPH DE VILELAS. Sucede al P. Bravo el P. Bernardo Castro; su ayudante es el P. Pedro Ruiz.

1752. El P. Castro inicia el pedido de traslado de la Reducción a un lugar más conveniente.

1756. Los indios incendian la Reducción de Petacas, matando al P. Ugalde. (Storni: [Eguía 563] 6.10.1756, Piquete (Salta); Francisco Ugalde).

1758. Según Acta del Cabildo de Santiago del Estero, se permite el traslado. Visita la Reducción de Petacas el P. Tomás Borrego.

1762. Mudanza definitiva. La Reducción se llama SAN JOSEPH DE PETACAS. Se va el P. Pedro Ruiz, y en su lugar llega el P. Francisco Almirón.

1764. Visita del Gobernador D. Manuel Fernández Campero.

1765. Visita del Obispo D. Manuel Abad de Yllana.

1767. Día 20 de Julio: se celebraron las fiestas de San Ignacio. Día 15 de Agosto: llega el Gobernador de Santiago D. Manuel Castaño con la orden de la partida de los PP. Castro y Almirón.

 

(Di Lullo, Orestes: Reducciones y fortines, ed. Provincia de Santiago del Estero, Santiago del Estero, 1949, pp. 46-52; Bruno, Cayetano: Historia..., T. I, pp. 65-67)

Storni, Hugo: Catálogo de los jesuitas de la Provincia del Paraguay (Cuenca del Plata) 1585-1768. Roma, Institutum Historicum S. I., 1980. Al momento de la expulsión, el 10.8.1767, el P. Almirón estaba en Santiago del Estero [Bruno VI, 101; Pastells 8/2, 1301]

Id.: Bernardo de Castro hace los últimos votos como coadjutor espiritual en San José, el 30.1.1763. Será profeso de 4 votos en Faenza, (Ravena, Italia), el 15.8.1771. Al momento de la expulsión, el 27.8.1767, está en San José [Bruno VI, 103s]

Historia de Boquerón

La primera época. Hasta 1767

Los pobladores de San José del Boquerón tienen una larga historia, aunque no es mucho lo que sabemos de sus primeras etapas. Comienza en el año 1735, cuando el misionero José Teodoro Bravo reune a un grupo de indios vilelas en una reducción, lejos de su posterior emplazamiento. El asentamiento es reedificado en 1751, recibiendo el nombre de San José de Vilelas. Sin embargo, el lugar donde estaba situado no era conveniente, y al siguiente año el misionero jesuita Bernardo Castro solicita autorización a las autoridades para hacer el traslado a otro más apropiado. Será recién en 1758 cuando el Cabildo de Santiago del Estero dé el permiso necesario. El territorio elegido reunía condiciones inmejorables: buen clima, suelo fértil, numerosos ríos y arroyos que proporcionaban agua en abundancia. La mudanza se realiza en 1762, y se levanta la nueva población, San José de Petacas. Poco tiempo dura el bienestar. Cinco años después Carlos III ordena la expulsión de los jesuitas de todos los Reinos de España por A causas...que reservo en mi Real ánimo@ . Los dos misioneros de San José de Petacas -Bernardo Castro y Francisco Almirón- son apresados y deportados. El pueblo, al igual que los demás formados por los jesuitas, cae rápidamente en la mayor decadencia. En algún momento desapareció (hoy se pueden ver algunas vigas de madera asomando entre la maleza). Sus habitantes se dispersaron.

El periodo intermedio. 1767-1975

A partir de entonces, la zona y sus habitantes queda olvidada para las autoridades, se puede decir que hasta hoy. Se la recuerda únicamente para la explotación, con resultados fatales. En el siglo XX una empresa maderera emprende la tala masiva de árboles, sin preocuparse por reforestar. Las consecuencias son desastrosas. Eliminados los árboles, cambia el clima. Las lluvias se reducen drásticamente provocando sequía en el campo y la desaparición de los cursos de agua -salvo el río Salado-, con lo cual aumenta la sequía. La tierra, sin humedad, desprotegida de bosques, erosionada por los vientos, acaba cubriéndose con una capa de polvo. Desaparecen las napas subterráneas de agua: para encontrarlas hay que perforar 90 metros y hasta 250 metros de profundidad. La región se convierte en una zona semi-desértica con muy pobre vegetación y sin posibilidades para los cultivos o el pastoreo de ganado en una escala adecuada. Paralelamente, las temperaturas se hacen extremas: veranos calurosísimos -hasta más de 50° al sol- e inviernos cortos pero de un frío muy intenso.

A esto se agrega la falta absoluta de fuentes de trabajo. Al llegar el tiempo de las cosechas en Chaco, Tucumán, Salta, allí van las familias. El resto del año, nada fijo, solamente algún trabajo ocasional como hacheros o quemando leña para hacer carbón.

La indiferencia de los sucesivos gobiernos hace el resto. A excepción de la ruta provincial -que no pasa de ser una cinta de polvo- no existen caminos. No hay electricidad, teléfono, gas. No llegan diarios ni revistas y, al no haber electricidad, tampoco hay televisión ni radio, salvo algunos pocos receptores de radio a pilas, de corto alcance. El aislamiento es casi total. Imposible tener noticias. Imposible trasladar a un enfermo grave que necesita atención médica. Los pobladores viven en soledad, con sus casas separadas por kilómetros de distancia, privados de un contacto fluido o de ser ayudados ante cualquier necesidad.

Entre la pobreza de todo estaba -y está- la carencia de propiedad. Nadie es dueño de la pequeña parcela donde se asienta su casa, ni de la tierra donde cultiva lo poco que puede cultivar. Ellos y sus antepasados están viviendo allí desde tiempos inmemoriales, en tierras del Estado o que no tienen propietarios. La ley otorga la propiedad de la tierra cuando se la ha ocupado veinte años, pero la barrera de la burocracia impide que se les reconozca ese derecho, que tengan en su mano el título de propiedad de su tierra.

Vivienda y salud se relacionan estrechamente. Casas -ranchos- de barro, con techos de paja, sin puertas, algunos agujeros sin vidrios haciendo de ventanas. En una sola habitación cocina, come y duerme toda la familia. Las paredes y techos facilitan que en ellos anide la vinchuca, insecto que transmite el mal de Chagas. Esta es una enfermedad que afecta al corazón de forma irreversible. Los síntomas se empiezan a manifestar al cabo de algunos años. El enfermo muere repentinamente, o bien prolonga algo su vida convertido prácticamente en un inválido, sin poder hacer esfuerzos. Se estima que el 86% de la población padece este mal.

Como en todos los demás aspectos, los gobiernos estuvieron ausentes en la atención de la salud. Curanderos y hierbas medicinales eran el único recurso para hacer frente a las enfermedades, leves o graves. Si eran serias no quedaba otra cosa más que soportarlas y esperar la muerte. Campañas de medicina preventiva, vacunación, higiene, erradicación de la vinchuca, eran desconocidas.

La educación escolar tenía un papel mínimo. En 1975, al comenzar la segunda etapa de la misión, en un área de, aproximadamente, 14.000 km2 habían 12 escuelas. Tomando esta extensión, significa, en promedio, una escuela cubriendo 1.166 km2. Los niños debían recorrer a pie muchos kilómetros para llegar, y después volver a sus casas sin haber comido. Está claro que pocos asistían, careciendo, además, de incentivo alguno tanto ellos como sus padres, que no veían ninguna ventaja en la escolarización de los hijos. En sus condiciones de marginación y aislamiento, pensaban ) de qué servía saber leer y escribir, tener conocimientos sin aplicación práctica? Esta situación se agravaba por el hecho de que las familias enteras se iban a trabajar a otras provincias en las épocas de las cosechas. Por otra parte, se contaba únicamente con el nivel primario de enseñanza, y aun éste resultaba totalmente deficiente: escasos maestros, mal capacitados, extrema pobreza de material didáctico y útiles escolares, eran parte del problema.

La nueva misión. Desde 1975

En 1975 el obispo de Añatuya, Jorge Gottau, pide a los jesuitas que tomen a su cargo la zona. La Compañía de Jesús accede rápidamente, y en la Pascua de ese año se instalan en San José del Boquerón los padres Juan Carlos Constable y Agustín López. La tarea que tienen por delante es enorme, tan grande como el cuadro de total abandono que encuentran. Inmediatamente se ponen a trabajar. Durante un año duermen en un pozo cavado en la tierra: hay cosas que hacer más importantes y más urgentes que levantar una vivienda para ellos.

 

 

 
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