El pueblo santiagueño gusta y siente la
música. Lo acompaña en sus fiestas tradicionales y religiosas. Ésta es
ejecutada en instrumentos musicales fabricados en la zona por hábiles
artesanos.
El
instrumento más característico en esta región es el bombo “legüero”,
llamado así - en evidente exageración - por el alcance de su volumen, tan
fuerte que podría ser escuchado a una o varias leguas. Es un membranófono de
golpe, usado para marcar el compás.
Existe una gran demanda de este instrumento,
por lo que los artesanos que lo fabrican o “bombistos” trabajan en
forma permanente. Se prepara con madera liviana, de ceibo o cardón, excavando
una sección del tronco después de descortezar la superficie. Se colocan luego
dos parches de cuero en los extremos, que se ajustan al cuerpo por medio de un
aro de madera de quebracho blanco o tala, cerrando así el cuerpo de la caja de
resonancia del bombo. Este instrumento se ejecuta con dos palillos, uno de
ellos forrado en su extremo con lana y cuero, con el objeto de apagar algo el
sonido. Los golpes se alternan sobre el parche y sobre la madera del aro.
La caja, otro membranófono de golpe, también
es típica de Santiago del Estero. Su forma es cilíndrica y de tamaño
mediano. Se realiza con los mismos componentes que el bombo, pero lleva una
manija de cuero de la que se la sostiene y un solo palillo para dar los golpes.
Acompaña al canto y a la danza, pero en la zona se usa casi
exclusivamente para acompañar las “bagualas” (Canciones que
se entonan sobre melodías de tres tonos y entrelazan versos de coplas y un
estribillo)
De los instrumentos de cuerda, el violín es
el que más se usa en la zona. Acompaña danzas criollas, procesiones
religiosas y hasta el canto de la copla. Fue traído por los misioneros
jesuitas y bien asimilado por los aborígenes, que se hicieron diestros en su
ejecución.
En cuanto a las danzas, los bailes de parejas
sueltas , independientes, siguen ejecutándose en la provincia, en todas las
reuniones y festejos. La más característica es la “chacarera”.
Constituye una especie rica en motivos melódicos, que consta de un solo período
musical de cuatro frases repetidas en alternancia con seis u ocho compases de
interludio instrumental. Como todos los valses criollos puede ser cantada.